jueves, 16 de mayo de 2024

Un Dios Santo 05: El Impacto De La Santidad. Marcos 4:35-41.

La santidad de Dios no es solo un atributo más en la larga lista de los que Dios posee, la santidad es su esencia, Dios dejaría de ser Dios para dejar de ser Santo, y esta palabra, más que pureza denota trascendencia como algo muy por encima superior en todo sentido.

 

La semana pasada aprendimos acerca del misterium tremendum o el gran misterio de la santidad, Se llamó el tremendum por causa del temor que lo santo provoca en nosotros. Lo santo nos llena con una especia de pavor. También comprendimos que Las cosas y las personas no son santas en sí mismas. Para llegar a ser santas, primero tuvieron que ser consagradas o santificadas por Dios. Solo Dios es Santo en sí mismo y sólo Él puede santificar algo más. El día de hoy veremos el impacto que tiene la santidad en las vidas de las personas.

 

Jesús y sus discípulos estaban en Galilea. Él había estado enseñando a las multitudes reunidas en la playa de ese gran lago llamado el Mar de Galilea. Los discípulos eran pescadores profesionales; veteranos del lago. Ellos conocían sus corrientes, sus imprevisibles cambios, así como su belleza. Cada marinero en la región sabe de su inconstancia. A causa de su peculiar ubicación en las montañas entre el mar Mediterráneo y el desierto, el lago está expuesto a cambios bruscos y extremos en el clima. Fuertes vientos pueden atravesar su superficie como si estuvieran soplando a través de un túnel. Estos vientos vienen sin advertencia y pueden transformar la tranquilidad del lago en una rugiente tempestad en cosa de segundos. Aun con los equipos modernos, hay personas que rehúsa navegar en el mar de Galilea, por temor a perecer bajo su impredecible ira.

 

Los discípulos tenían dos cosas a su favor, su veteranía, y el estar con el Maestro. Cuando Jesús sugirió que hiciesen una travesía nocturna, los discípulos no sintieron miedo. Ellos prepararon sus botes para cruzar. Pero el mar hizo se enfureció: Se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Marcos 4:37.

 

Lo que todo pescador galileo temía más, sucedió. La impredecible tempestad azotó, amenazando voltear el bote con su violencia. Ni aun el mejor nadador podría sobrevivir si fuese lanzado al agua. Los hombres se sujetaron a la borda con todas sus fuerzas. Tenemos que recordar que eran pequeños botes pesqueros no barcos como los conocemos actualmente. Una vuelta súbita o una ola alta golpeando un costado podía enviarlos a todos a la muerte. Ellos resistieron al furioso mar, tratando de mantener la proa dentro de las olas.

 

Jesús estaba profundamente dormido atrás del bote; estaba tomando una siesta. Tal vez a muchos les parezca sorprendente, pero hay personas que de manera natural pueden conciliar el sueño bajo casi cualquier situación, o que al ir a dormir todo está tranquilo y no se percatan de nada hasta que no los despiertan.

 

La Biblia dice que Jesús estaba durmiendo sobre un cojín. Mientras todos temían, Jesús dormía plácidamente. Los discípulos estaban irritados. Sus sentimientos eran una mezcla de temor y enojo. Ellos despertaron a Jesús. No sé qué creían ellos que Él podría hacer en esta situación. El texto nos aclara que ellos ciertamente no esperaban que El hiciera lo que hizo. En todo sentido la situación era desesperada. Las olas se hacían más grandes y violentas cada segundo.

Los discípulos no tenían idea de lo que Jesús haría. Ellos eran como la gente en cualquier lugar. Cuando la gente está en peligro y no saben qué hacer miran de inmediato a su líder. El trabajo del líder es saber cuál es el próximo paso aun si no hay posibilidad de un próximo paso. Los discípulos lo despertaron y le dijeron: Maestro, ¿no notáis que pereceremos? Marcos 4.38.

 

Su pregunta no era realmente una pregunta. Era una acusación tenuemente disimulada. Ellos estaban en realidad diciendo. A ti no te importa nuestra vida. Ellos estaban acusando al Hijo de Dios de falta de compasión. Este atroz ataque contra Jesús es consistente con la costumbre de los humanos hacia Dios. Dios tiene que escuchar quejas como éstas de una humanidad ingrata todo los días.

 

El cielo es constantemente bombardeado con las crueles acusaciones de gente airada. Proverbios 19:3.

 

A Dios se le acusa de falta de amor, se le acusa de crueldad, de lejanía, como si Él no hubiese hecho suficiente para probar su compasión por nosotros.

 

No hay indicación en el texto de que Jesús replicara a la pregunta de sus discípulos. Su respuesta omitió las palabras y fue directo a la acción. El guardó sus palabras para hablarle al mar y a la tormenta: Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? Marcos 4:39-40.

 

La vida de Jesús fue una sucesión luminosa de milagros; hizo tantos que a veces los tomamos a la ligera. Podemos leer este relato y pasar rápidamente a la próxima página sin conmovernos. Pero aquí tenemos uno de los más asombrosos milagros de Jesús; un evento que dejó una impresión especial en sus discípulos. Fue un milagro que los dejó atónitos aun a ellos. Jesús controló las feroces fuerzas de la naturaleza con el sonido de su voz. El no oró ni le pidió al Padre que lo librara de la tempestad. El afrontó el asunto directamente. Pronunció un mandato, un imperativo divino y la naturaleza obedeció al instante. El viento escuchó la voz de su Creador y al instante se detuvo. Ni siquiera una leve brisa se podía sentir en el aire. El mar se puso como un espejo sin la más mínima ondulación.

 

La reacción de los discípulos fue inmediata. El mar se había calmado, pero ellos aún estaban agitados: Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen? Marcos 4:41.

 

Aquí vemos un extraño patrón. No es extraño que la tormenta y el mar rugiente atemorizaran a los discípulos. Pero una vez que el peligro hubo pasado y el mar se calmó, era de esperar que su temor desapareciera tan rápido como la tormenta. Pero no sucedió así. Ahora que el mar estaba en calma, el temor de los discípulos creció. ¿Cómo se explica esto?

 

El padre de la psiquiatría moderna, Sigmund Freud, sugirió la teoría de que la gente se inventa la religión por miedo a la naturaleza. Nos sentimos impotentes ante un terremoto, una inundación, una devastadora enfermedad. Es entonces, dijo Freud, que inventamos un Dios que tiene poder sobre estas cosas.

Dios es personal, podemos hablar con Él, podemos tratar de negociar con Él, o podemos rogarle que nos salve de las fuerzas destructoras de la naturaleza. No podemos rogarles a los terremotos, negociar con las inundaciones u ofrecerle ofrendas al cáncer. Así que, dice la teoría, nosotros inventamos a Dios para que nos ayude a lidiar con estas cosas terribles. Pero lo significativo acerca de esta historia bíblica es que el miedo de los discípulos se incrementó después de que la amenaza de la tormenta fue removida. La tormenta los había atemorizado. La acción de Jesús para calmar la tormenta los atemorizó aún más.

 

En el poder de Cristo, vieron algo más temible de lo que habían visto en la naturaleza. Ellos estaban en la presencia de lo santo.

 

Nos preguntamos, ¿Qué habría dicho Freud de esto? Ya que este pasaje refuta por completo su tesis. ¿Por qué se habrían los discípulos de inventar un Dios cuya santidad era más terrible que las fuerzas de la naturaleza que los hicieron inventar a ese Dios?

 

Podemos entender si la gente se inventa a un dios sin santidad, que sólo les traiga consuelo. Pero, ¿por qué un Dios más temible que el terremoto, la inundación o la enfermedad? Una cosa es ser víctima de una inundación, o del cáncer; pero es otra cosa caer en las manos de un Dios vivo. Hebreos 10:31.

 

Lo que los discípulos dijeron después de que Jesús calmó el mar es revelador. Ellos exclamaron:

¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen? Marcos 4:41. Su pregunta en el fondo era, ¿Qué clase de hombre es éste? Ellos estaban haciendo una pregunta de clasificación; estaban buscando una categoría familiar para ellos en la cual poner a Jesús. Es más fácil para nosotros saber cómo tratar a la gente cuando podemos clasificarla. Respondemos de una manera a la gente hostil y de otra a la amigable. Reaccionamos de una forma hacia los intelectuales y de otra a la gente social. Pero los discípulos no pudieron encontrar una categoría adecuada para clasificar la persona de Jesús. El sobrepasaba toda clasificación. Él era sui generis: único en su género.

 

Los discípulos nunca habían conocido a un hombre así. Él era único completamente extraño para ellos. Ellos habían conocido toda clase de hombres: altos, pequeños, gordos, delgados, inteligentes y necios. Conocían hombres griegos, romanos, sirios, egipcios, samaritanos y judíos. Pero nunca habían conocido a un hombre Santo, a uno que pudiera hablarle al viento y a las olas, y que éstas le obedecieran. Que Jesús pudiese dormir bajo la tormenta en el mar ya era suficientemente extraño, aunque no único. Es raro encontrar gente que pueda dormir en la crisis, pero es posible. Jesús era diferente.

 

El poseía una asombrosa identidad sumamente extraña y misteriosa. El hacía sentir a la gente incómoda ante semejante velo de misterio. El episodio de cómo Cristo calmó la tormenta tuvo una especie de repetición en otro suceso en su ministerio. Lucas nos dice que éste suceso aconteció en el lago de Genesaret. En realidad, el lago de Genesaret se le llamaba también el mar de Galilea. Lucas 5:1-7.

 LA PESCA MILAGROSA – Levítico

Si en alguna ocasión los discípulos se mostraron molestos e irritados con Jesús, fue en esta ocasión. Simón Pedro estaba cansado y frustrado, pues había estado toda la noche pescando sin éxito. La pesca había sido terrible, suficiente para poner de mal humor a un pescador profesional. Además estaba la frustración de liderar con las multitudes que lo apretaban esa mañana mientras Jesús enseñaba. Cuando el sermón de Jesús termino, Simón quería irse a su casa. Pero Jesús quería ir a pescar, y su idea era adentrarse en aguas profundas.

 

No se necesita mucha imaginación para leer entre líneas el sarcasmo de Pedro: Maestro, hemos estado trabajando duro toda la noche y no hemos pescado nada --le contestó Simón--. Pero, como tú me lo mandas, echaré las redes. Lucas 5:5. Si Simón hubiese tenido un respeto verdadero por la sabiduría de Jesús en esta ocasión, él se habría limitado a decir: Echare la red. Pero él le pareció necesario dejar constancia de su frustración. Casi podemos ver a Simón Pedro intercambiando miradas con Andrés y murmurando sus quejas en voz baja mientras levantaba las redes recién limpiadas y las tiraba por la borda.

 

Pero, tan pronto como Pedro lanzó las redes donde Jesús se lo indicó, pareció como si todos los peces del lago saltaran hacia ellas. Fueron tantos peces y el peso de ellos que las redes se comenzaron a romper. Los otros se acercaron con su bote y ambos botes se llenaron hasta la orilla, de tal manera que comenzaron a hundirse. Esta fue la pesca más extraordinaria que estos hombres había presenciado.

 

¿Cómo reaccionó Pedro? ¿Cómo hubiese reaccionado usted? Aunque las redes rebosaban, Pedro no podía ni siquiera ver los pescados. Todo lo que el veía era a Jesús. Escuchen lo que dijo: Al ver esto, Simón Pedro cayó de rodillas delante de Jesús y le dijo: --¡Apártate de mí, Señor; soy un pecador! Lucas 5:8. Pedro se había dado cuenta que estaba en la presencia del Santo hecho carne.

 

Estaba desesperadamente incómodo. Su respuesta inicial fue de adoración. Cayó de rodillas ante Jesús y en lugar de decir algo como, Señor, te adoro, te magnifico, él dijo, Por favor, apártate de mí. Por favor, vete, no lo puedo soportar. Al rededor de Cristo siempre había multitudes empujándose para tratar de acercarse a Él. Está el ciego que gritaba, Ten misericordia de mí. Está la mujer con un flujo de sangre por doce años tratando de tocar el borde de su manto. Está el ladrón en la cruz procurando escuchar las palabras moribundas de Jesús.

 

Pero no Pedro. Su angustioso ruego fue diferente: él le pidió a Jesús que se apartara, que le diera un espacio, que lo dejara solo. ¿Por qué? No hay que especular, allí lo dice claramente: Soy hombre pecador.

 

La gente pecadora no se siente cómoda en la presencia de la santidad.

 

La miseria del pecado no quiere la compañía de la pureza. Jesús no había dado a Pedro un sermón sobre su pecado. No había habido palabra de reprensión ni de juicio. Jesús nada más le enseñó a Pedro cómo pescar. Pero como la santidad se manifiesta, no se necesitan palabras para expresarla.

El mensaje era imposible de ignorado y Pedro lo comprendió. La norma trascendente de toda justicia y pureza resplandeció ante sus ojos. Igual que Isaías antes de él, Pedro fue devastado.

 

Uno de los hechos más extraños de la historia es la consistente buena reputación que Jesús goza entre los no creyentes. Es raro oír al no creyente hablar mal de Jesús, se llegan a burlar y hacer mofa, pero casi nunca se oye que digan que era mala persona. La gente abiertamente hostil a la iglesia y los que desprecian a los cristianos, con frecuencia se deshacen en sus elogios hacia Jesús. Aún Friedrich Nietzsche, en los años finales de su vida, los cuales paso en un asilo para dementes, expreso su propia demencia firmando sus cartas como El crucificado.

 

En términos de excelencia moral, aún quienes no aceptan la deidad o la obra salvadora de Cristo, aplauden a Jesús el hombre. Juan 19:5-6.

 

Con todo el aplauso que Jesús consigue, es difícil entender por qué sus contemporáneos lo mataron. ¿Por qué las multitudes gritaban pidiendo su sangre? ¿Por qué los fariseos lo aborrecían? ¿Por qué este hombre tan gentil y correcto fue condenado a muerte por las cortes religiosas más altas de la tierra?

 

Palestina moderna. El peregrino que visita Jerusalén puede ver en su recorrido el monumento de la Tumba de los Profetas adornando el camino al Iado del Muro Oriental, cerca del pináculo del templo. El monumento tiene siglos allí, desde los días de Cristo. Allí, en alto relieve, están esculpidas las figuras de los más grandes profetas del AT. En los días de Jesús, los profetas del antiguo testamento eran venerados. Eran los grandes héroes populares del pasado. Pero mientras vivieron, fueron aborrecidos, ridiculizados, rechazados, perseguidos y muertos por sus contemporáneos. Esteban fue el primer mártir cristiano. Como pasó con Esteban, el primer mártir cristiano. Hechos 7:51-58. Podríamos haber esperado que estas incisivas palabras de Esteban hiriesen el corazón de sus oyentes y los trajeran al arrepentimiento. Pero no fue ese el efecto.

 

La gente aprecia la excelencia moral, siempre y cuando este lejos, a una distancia segura de ellos.

 

Los judíos honraban a los profetas, a la distancia. El mundo honra a Cristo, a la distancia. Algo similar sucedió con Pedro. Él quería estar con Jesús, hasta que se le puso muy cerca. Entonces exclamó: Apártate de mí.

 

Porque Jesús los hacia lucir mal a todos. Jesucristo rompía la curva. Era el máximo exponente de santidad. Los desechados de la sociedad lo amaban porque Él les prestaba atención. Pero los que tenían posiciones de honor y poder no lo podían tolerar. Entre los judíos, el grupo que se declaró su enemigo mortal fue el de los fariseos, la próxima semana veremos su reacción.

jueves, 9 de mayo de 2024

Un Dios Santo 04: MISTERIUM TREMENDUM. Hechos 9:31.

 Los seres humanos, a diferencia del os angelicales, fuimos diseñados para poder admirar la hermosura de la Santidad de Dios, aunque de este lado de la eternidad solo es de manera parcial, cuando nos reconocemos como seres pecadores, merecedores del castigo eterno y caemos al os pies de Cristo rogando y agradeciendo su amor, gracia y misericordia. Dios os diseñó así precisamente porque, al igual que el profeta Isaías, al contemplar la santidad de Dios entendemos quién es Dios; y a la vez, entendemos quienes somos nosotros mismos. La razón por la cual debemos de anhelar aprender de la santidad es precisamente porque no somos santos, no en el sentido absoluto de la palabra, seguimos siendo profanos, y es más el que tiempo que pasamos fuera del templo y de la presencia íntima de Dios que dentro de ellas. Es por eso que seguimos estudiando al respecto.

 

La palabra santo se usa en más de una manera. En un sentido, la Biblia la usa de forma muy relacionada con la bondad de Dios. Ha sido la costumbre definir santo como "pureza, libre de mancha totalmente perfecto e inmaculado en cada detalle." Pureza es la primera palabra en la que la mayoría de nosotros piensa al escuchar la palabra santo. Es cierto que la Biblia usa la palabra de esta manera; sin embargo, la idea de la pureza o perfección moral no es el principal significado de este término en la Biblia. Cuando los serafines cantaban su himno, ellos estaban diciendo algo más que pureza, pureza, pureza es Dios.

 

El significado primario de santo es separada. Viene de la palabra hebrea Kadosh que significa cortar o separar. Una traducción dinámica de este término sería: un corte aparte o un corte arriba de algo. Cuando encontramos una vestida u otro artículo de importancia, usamos la expresión está por encima de lo demás.

 

La santidad de Dios es más que separación. Su santidad también es trascendencia. 2ª Crónicas 2:6.


Trascendencia es definida como exceder los límites usuales. Trascender es elevarse sobre algo, ir por encima y más allá de cierto límite. Cuando hablamos de la trascendencia de Dios, estamos hablando acerca del sentido en el cual Dios está par encima y más allá de nosotros. La trascendencia describe su suprema y absoluta grandeza. La palabra también es usada para describir la relación de Dios con el mundo. Él es más alto que el mundo. Él tiene un poder absoluto sobre el mundo. El mundo no tiene ningún poder sobre El. La trascendencia describe a Dios en su toda majestad y Su exaltada superioridad. Apunta hacia la infinita distancia que lo separa de toda criatura.

 

Decir que Dios es Santo es decir que Él está infinitamente por encima de todo lo demás.

 

Cuando la Biblia llama a Dios Santo, significa primariamente que Él es trascendentalmente separado. Está tan por encima y más allá de nosotros que nos parece casi totalmente extraña. Ser santo es ser otro ente diferente en una manera especial.

El mismo significado básico se usa cuando la palabra santo es aplicada a cosas terrenales. Esta es una lista de algunas cosas que la Biblia define como santas:

 

1.    Tierra santa.

2.    Día de reposo santo.

3.    Templo santo.

4.    Vestimenta santa.

5.    Casa santa.

6.    Diezmo santo.

7.    Inciensos santos.

8.    Nación santa.

9.    Aceite de la santa unción.

10. Jubileo Santo.

11. Terreno santo.

12. Agua santa.

13. Arca santa.

14. Ciudad santa.

15. Pan santo.

16. Simiente santa.

17. Pacto santo.

18. Santa convocatoria.

19. Palabra santa

20. Seres santos

21. Lugar santo/santísimo.

22. Etc.

 

Esta lista sirve para mostramos que la palabra santo es aplicada a toda clase de cosas además de Dios. En cada caso es usada para expresar algo más que una cualidad moral o ética. Las cosas santas son cosas separadas del resto, que han sido apartadas de lo común, consagradas al Señor para su servicio.

 

Las cosas en esta lista no son santas en sí mismas. Para llegar a ser santas, primero tuvieron que ser consagradas o santificadas por Dios. Solo Dios es Santo en sí mismo y sólo Él puede santificar algo más.

 

Sólo Dios puede con su toque, hacer que lo común se convierta en algo especial, diferente y separado. Por ejemplo, en el AT se considera las cosas que han sido santificadas. Todo lo que es santo posee un carácter peculiar; ha sido separado de un uso común y no puede ser tocado, no puede ser comido, no puede ser usado para asuntos comunes. 1ª Samuel 21:3-6.

 

¿Dónde entra la pureza en esto acaso el pan era puro en sí mismo? Claro que no, pero, estamos tan acostumbrados a igualar la santidad con la pureza o con la perfección ética, que en cuanto la palabra santidad aparece, la asociamos con la pureza. Lo que pasa es que:

 

Cuando las cosas son declaradas santas, cuando son consagradas, ellas son separadas para ser puras y tienen que ser usadas de tal forma.

 

Ellas tienen que reflejar pureza, tanto como su separación. Para dejarlo claro, la pureza no es excluida de la idea de ser santo, sino que está contenida en dicho concepto. Mas el punto que debemos recordar es que la idea de lo santo no únicamente la idea de la pureza. La santidad incluye pureza pero es mucho más que eso. Es pureza y trascendencia. Es por ende una pureza trascendente.

 

Cuando usamos la palabra santo para describir a Dios, enfrentamos otro problema. Con frecuencia describimos a Dios reuniendo una lista de cualidades o características que llamamos atributos. Decimos que Dios es Espíritu, Omnisciente, que es Amor, justo, misericordioso, un Dios de gracia, etcétera. Por lo regular, La tendencia es agregar la idea de santo a esta larga lista de atributos como sólo uno más. Pero cuando la palabra santo es aplicada a Dios, no significa sólo un atributo. Al contrario, Dios es llamado santo en un sentido general.

 

La palabra es usada como un sinónimo de su deidad, es decir, santo se refiere a todo lo que Dios es.

 

Esa palabra nos recuerda que todo en Él es santo: su amor santo, su ira santa, su gracia es santa, si omnisciencia es santa, su Espíritu es Santo, etc. Hemos visto que el término santo se refiere a la trascendencia de Dios, por la cual Él está por encima y más allá del mundo. Hemos visto también que Dios puede acercarse y consagrar cosas terrenales y hacerlas santas. Su toque, repentinamente, convierte lo común en especial. Con esto confirmados que nada en este mundo es santo en sí mismo. Sólo Dios puede hacer algo santo. Sólo Dios puede consagrar.

 

Cuando nosotros llamamos santo a algo que no es santo, cometemos el pecado de idolatría.

 

Le damos a las cosas comunes el respeto, la admiración, el homenaje y la adoración que sólo a Dios pertenecen. Adorar a las criaturas antes que al Creador es la esencia de la idolatría. La fabricación de ídolos siempre ha sido un lucrativo negocio. Algunos ídolos son hechos de madera, otros de piedra, y otros de metales preciosos. Los fabricantes de ídolos adquieren los mejores materiales y luego realizan su obra trabajando largas horas para formar sus imágenes. Cuando terminan, barren el piso de sus talleres y ordenan sus herramientas. Después se arrodillan, y comienzan a hablarle al ídolo que recién fabricaron.

 

Es imposible que estas cosas escuchen lo que se les dice. No pueden responder, ni ayudar. Son sordas, mudas e impotentes. Pero la gente aún les atribuye santidad y poder, y les adora.  Algunos idólatras han sido un poco más sofisticados y en lugar de adorar imágenes de piedra o altares paganos, han adorado el sol, la luna o bien a alguna idea abstracta, ideologías, personas, instituciones, etc.

Pero todo esto es parte de la creación, no es él creador, y aunque pueden ser impresionantes, no están por encima ni van más allá de ser cosas creadas; por ende, no son santas. Adorar un ídolo envuelve llamar a algo santo cuando no lo es.

 

Recuerden que sólo Dios puede consagrar. (Cuando un ministro consagra un matrimonio o el pan de la Cena del Señor, se entiende que él sólo está proclamando una realidad que Dios ya ha consagrado. Esto es un uso autorizado de la consagración humana.) Cuando un ser humano trata de consagrar lo que Dios nunca ha consagrado, esto no es un acto de consagración genuina sino un acto de profanación, de idolatría.

 

A principios del siglo XX un académico alemán llamado Rodolfo Otto hizo un inusual e interesante el estudio de lo santo. Otto intentó estudiar lo santo de una forma científica. El examinó cómo la gente de diferentes culturas y naciones se comporta cuando encuentran algo que consideran santo, y exploró los sentimientos que la gente guarda ante estos artilugios. El primer descubrimiento importante que Otto hizo fue que es difícil para la gente describir lo sublime. Otto notó que aunque se podían decir ciertas cosas acerca de lo santo, siempre quedaba algún elemento que no podía ser explicado.

 

No era que este elemento fuese irracional, sino más bien, que está más allá de los límites de nuestra mente. Había algo superficial acerca de la experiencia humana con lo santo, algo que no podía ser expresado con palabras. Él le llamó el MISTERIUM TREMENDUM que traducido significa el misterio tremendo. Otto lo describió así: Este sentimiento puede venir a veces arrasando como una suave ola que invade la mente con una apacible disposición de profunda adoración.

 

Se llamó el tremendum por causa del temor que lo santo provoca en nosotros. Lo santo nos llena con una especia de pavor. 2ª Corintios 7:1. Hebreos 12:28. Hechos 9:31.

 

Usualmente tenemos sentimientos mezclados acerca de lo santo. Hay un sentido en el cual, a la vez que somos atraídos por ello, pero también lo repudiamos. Algo nos atrae y al mismo tiempo queremos alejarnos. Pareciera que no podemos decidir qué elegir. Parte de nosotros anhela lo santo y otra parte lo desprecia. No podemos vivir ni con, ni sin ello.

 

El misterioso carácter de un Dios santo es expresado en la palabra latina Augustus, que significa el que infunde o merece gran respeto y veneración por su majestad y excelencia.

 

Por ello es que les causó problemas a los primeros cristianos atribuir este título al César. Para ellos, ninguna persona era digna del título Augusto. Sólo Dios podía ser llamado con propiedad, el Augusto. Ser Augusto es inspirar asombro, o ser asombroso. En el sentido más elevado, sólo Dios es asombroso. Los primeros creyentes entendían claramente que cuando somos conscientes de la Santidad de Dios notamos más que somos criaturas. Cuando nos encontramos con el Absoluto, sabemos de inmediato que nosotros no somos absolutos. Cuando nos hallamos con el Infinito, nos hacemos agudamente conscientes de que nosotros somos finitos. Cuando vislumbramos al Eterno, sabemos que somos temporales. Encontrarse con Dios es un poderoso estudio de contrastes.

 

No siempre es placentero que se nos recuerde que somos criaturas. Las palabras originales de la tentación de Satanás son difíciles de olvidar, no morirán, sino que seréis como dioses en Génesis 3:5. Esta horrible mentira de Satanás es una mentira que nos encantaría creer. Si pudiéramos ser como dioses, seríamos inmortales, infalibles e invencibles. Tendríamos una cantidad de poderes que no tenemos ni podemos tener.

 

La muerte atemoriza a la mayoría de las personas, el pensar en ella, porque recordamos que somos mortales y que algún día nosotros también moriremos. Es un pensamiento que tratamos de quitar de nuestras mentes, y nos sentimos incómodos cuando la muerte de alguien se entromete en nuestras vidas, anunciándonos lo que tendremos que enfrentar inevitablemente. La muerte nos recuerda que somos criaturas. Los hijos de Dios si bien no debemos tener miedo a morir, no significa que no nos cause cierta molestia el pensar en ello.

 

Pero tan temible como es la muerte, no es nada comparada con enfrentar a un Dios Santo.

 

Cuando nos encontramos con El, toda nuestra condición de criaturas se abalanza sobre nosotros y desintegra el mito de que somos semi-dioses, deidades inferiores que tratarán de vivir por siempre.

 

Como criaturas mortales, estamos expuestos a toda clase de temores. Somos gente ansiosa dada a las fobias. Algunos les temen a los gatos, otros a las serpientes, otros a los lugares congestionados o bien a las alturas. Estas fobias se apoderan de nosotros y perturban nuestra paz interna. Hay una clase especial de fobia que todos sufrimos. Se llama xenofobia.

 

Xenofobia es un temor (a veces un odio) hacia los extraños o los extranjeros (tratándose de personas), o bien hacia algo que sea extraño o extranjero. Dios es el máximo objeto de nuestra xenofobia.

 

Él es el más grande extraño, el mayor extranjero, dado que Él es Santo y nosotros no. Le tememos a Dios porque Él es Santo. Pero nuestro temor no es el temor sano que la Biblia nos motiva a tener. Nuestro temor es un temor servil, un temor nacido del espanto. Dios es demasiado grande para nosotros, demasiado asombroso, y para colmo, nos hace difíciles demandas.

 

Esto debe cambiar, esto debe de acabar, no debe de ser así, no en un creyente que conoce y ama a su Dios Santo, por eso estamos profundizando en este estudio.

miércoles, 24 de abril de 2024

Un Dios Santo 03: Como Debemos Responder a la Santidad de Dios. Lucas 5:8.

La semana pasada entendimos, que a diferencia de los seres angelicales, nosotros los seres humanos estamos diseñados por Dios con la capacidad de admirar la belleza de la Santidad Divina, por el momento no será en toda su gloria y esplendor, eso es imposible debido a la impureza del pecado remanente que aún queda en nosotros, pero de aquel lado de la eternidad si podremos hacerlo plenamente, esto lo entendimos mediante el pasaje de Isaías 6.

 

Es aquí donde encontramos la esencia de la visión de Isaías. El canto de los serafines revela el asombroso mensaje de este texto. Isaías 6:3. Este canto es la repetición de una sola palabra:  Santo. Este canto es llamado el trihagion que significa infinitamente Santo.

 

Es fácil pasar por alto el significado de la repetición de la palabra santo. Esta expresión literaria que se encuentra en las formas hebreas de literatura, especialmente en la poesía, es una forma de énfasis. En el idioma español, para enfatizar la importancia de algo, tenemos varios recursos para escoger. Podemos subrayar las palabras o escribirlas con letras itálicas o marcadas. Podemos agregarle signos de exclamación o distinguirlas con comillas. Todo esto es para llamar la atención del lector a algo que es especialmente importante.

 

Los judíos del AT tenían diferentes técnicas para indicar énfasis. Una de ellas era el método de la repetición. Jesús usó la repetición de palabras, De cierto, de cierto os digo. Aquí, el doble uso de la frase de cierto significaba que iba a decir algo muy importante.

 

En raras ocasiones la Biblia repite algo hasta el tercer grado. Mencionar algo tres veces seguidas, es elevarlo a su grado superior y adjudicarle un énfasis de súper importancia. Por ejemplo, el terrible juicio de Dios se declara en el libro de Apocalipsis 8:13. O también se ve en la burla sarcástica del sermón de Jeremías 7:4.

 

En las Sagradas Escrituras sólo una vez un atributo de Dios se eleva al tercer grado. Sólo una vez encontramos una característica de Dios mencionada tres veces en sucesión, la Biblia dice que Dios es santo, santo, santo. No que Él es santo, o aun santo, santo. Él es santo, santo, santo. La Biblia nunca dice que Dios es amor, amor, amor; o misericordia, misericordia, misericordia; o ira, ira, ira; o justicia, justicia, justicia.

 

Isaías 6:4 nos dice que los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo.

 

No pocas personas y en especial los jóvenes, se alejan de la iglesia por encontrarla aburrida, ese ha sido el causante del pragmatismo de muchos ministerios juveniles, que buscan juegos, actividades, dinámicas divertidas para que los jóvenes no se vayan del grupo y de la iglesia, el problema es que al final dejan de lado lo importante que es enseñarles por medio de las Escrituras, discipularlos, y tristemente de todos modos terminan retirándose.

 

¿Por qué pasa esto? ¿Por qué la gente se aburre en la iglesia? Porque es difícil para mucha gente encontrar en la adoración una experiencia, profunda, emocionante y conmovedora.

 

Vemos en Isaías 6:4 que cuando Dios se apareció en el templo, las puertas y los quiciales se estremecieron. La materia muerta de las puertas, los quiciales inanimados, la madera y el metal, que no podían oír ni hablar, tuvieron el buen juicio, por así decirlo, de estremecerse por la presencia de Dios. Literalmente el texto dice que fueron sacudidas. Comenzaron a temblar.

 

Las puertas del templo no fueron lo único que se conmovió: Isaías 6:5. Lo que más tembló en aquel edificio fue el cuerpo de Isaías. Cuando él vio al Dios viviente, el Soberano del universo desplegado ante sus ojos en toda su santidad, Isaías exclamó ¡Ay de mí! La exclamación de Isaías suena extraña a los oídos modernos. Es raro oír a la gente hoy usar la expresión: ¡Ay de mí! Puesto que esta frase suena anticuada, algunos traductores modernos prefieren sustituirla por que miserable soy (Jüneman), o ahora si voy a morir (TLA) y todo se acabó para mí (NTV). Esto es un error serio.

 

La expresión ¡Ay de mí! es crucialmente bíblica y no podemos permitimos ignorarla. Tiene un significado especial. La fuerza completa de la exclamación de Isaías debe considerarse en el contexto del uso del lenguaje bíblico. La forma más frecuente para referirse a los mensajes de los profetas era oráculo. Los oráculos eran mensajes provenientes de Dios; podían ser buenos o malos., Los oráculos positivos empezaban con la palabra bienaventurado. En el Sermón del Monte, Jesús usó este tipo de oráculo. Sus oyentes entendían que Él estaba usando la fórmula profética, el oráculo que traía buenas noticias.

 

Pero Jesús también usaba la forma negativa del oráculo. Al pronunciar su airada denuncia contra los fariseos: Mateo 23:13-29. El repitió esto tantas veces que comenzó a sonar como una letanía. En los labios de un profeta la expresión ¡Ay! es un aviso de juicio. En la Biblia las naciones y los individuos son enjuiciadas pronunciando un oráculo de ¡ay! La manera en que Isaías usó la palabra Ay! fue extraordinaria. Al ver al Señor, el pronunció el juicio de Dios sobre sí mismo. ¡Ay de mí! exclamó, invocando el juicio de Dios, la severa maldición de juicio, sobre su propia cabeza. Una cosa era que un profeta maldijera a otra persona en el nombre de Dios, pero era otra totalmente diferente cuando un profeta pronunciaba esa maldición sobre sí mismo. Inmediatamente después de la maldición de juicio, Isaías gritó, ¡Soy muerto!

 

Si algo sabemos bien por los registros bíblicos e históricos es que Isaías hijo de Amoz era hombre de integridad, un hombre completo. Sus contemporáneos lo consideraban el hombre más recto de la nación y lo respetaban como un modelo de virtud. Pero cuando tuvo la repentina visión del Dios santo, en ese instante toda su autoestima fue sacudida. En un segundo su desnudez se descubrió ante la mirada de la norma más absoluta de santidad.

 

Comparado con otros mortales, él podía sostener una alta opinión de sí mismo. Pero en el instante que él se midió con la norma suprema, él fue como un muerto moral y espiritualmente hablando. Su sentido de integridad se derrumbó.

 

El gritó, Soy hombre de labios inmundos. Nosotros habríamos esperado que dijera, Soy hombre de hábitos impuros, o, Soy hombre de pensamientos impuros, o simplemente soy un hombre impuro. Pero en cambio se refirió a su boca diciendo, en palabras más entendibles: Tengo una boca sucia. ¿Por qué este enfoque en su boca? Una indicación respecto a esta expresión de Isaías se halla en las palabras de Jesús en Mateo 15:11. También encontramos referencia en Santiago 3:6-12.

La lengua es un mal arrollador, lleno de veneno. Esto es lo que Isaías estaba reconociendo. Pero él sabía que no estaba solo en este dilema, que toda la nación estaba infectada con bocas sucias: Yo vivo en medio de gente de labios inmundos. Isaías 6:5.

 

En un momento Isaías tuvo un entendimiento nuevo y radical del pecado. El vio que era invasivo en sí mismo y en todos los demás. Tal y como le sucedió a Pedro siglos después. Lucas 5:8.

 

En un sentido, nosotros somos afortunados en que Dios no se nos aparezca como lo hizo a Isaías. ¿Quién podría soportarlo? Normalmente Dios nos revela nuestra pecaminosidad poco a poco, y el reconocimiento de nuestra corrupción es gradual. Pero a Isaías Dios le mostró su corrupción súbitamente. No es extraño que hubiese sido devastado. Isaías lo explicó de esta manera: Mis ojos han visto al rey, Jehová de los ejércitos. Isaías 6:5.

 

El vio la santidad de Dios y por primera vez en su vida entendió quién era Dios; a la vez, por primera vez entendió quién era él mismo, Isaías. Isaías 6:6-7.

 

Isaías se arrastraba gimiendo por su vileza. Todas las fibras nerviosas de su cuerpo temblaban mientras buscaba donde esconderse, orando que de alguna manera la tierra lo cubriera, el techo del templo lo sepultara, o algo, cualquier cosa, lo liberara de la santa mirada de Dios. Pero no había dónde esconderse. Él estaba allí, desnudo y solo frente a Dios. A diferencia de Adán, no tenía a Eva para excusarse, ni hojas de higuera que lo escondieran. Lo suyo era la esencia de la angustia moral, ésa que desgarra el corazón de un hombre y destroza su alma en pedazos. Una gran culpa, una culpa sin tregua brotaba por todos sus poros.

 

Pero el Dios Santo es también el Dios de gracia, y no permitió que su siervo continuara postrado sin consuelo. Inmediatamente comenzó a limpiado y a restaurar su alma, enviando a uno de los serafines. El serafín voló rápidamente hacia el altar con unas tenazas, tomando del fuego un carbón encendido, demasiado caliente hasta para un ángel y se dirigió hacia Isaías. El serafín presionó el carbón al rojo vivo contra los labios del profeta y los quemó. Los labios son una de las partes más sensibles del cuerpo humano, por algo son el punto de contacto para un beso.

 

Pero lo que Isaías sintió, no fue un beso, sino que fue la llama santa quemando su boca. El sintió el desagradable olor de la carne quemada, pero el olor fue mínimo en comparación con el intenso dolor de la quemadura.

 

Esto fue una misericordia severa, un acto doloroso de limpieza. La herida de Isaías estaba siendo cauterizada, la inmundicia de su boca estaba siendo quemada; él estaba siendo refinado con el fuego santo.

 

Por medio de este acto divino de limpieza, Isaías experimentó un perdón por medio de la purificación de sus labios. Él fue limpiado completamente, perdonado en su esencia, aunque no sin el terrible dolor del arrepentimiento. El experimentó más allá de una gracia superficial y de un simple lo siento o un ay perdón. El lamentó su pecado, abrumado con angustia moral, y Dios envió un ángel para sanarlo. En un momento, el devastado profeta fue restaurado. Su boca fue purificada; él estaba limpio. Isaías 6:8.

La visión de Isaías adquirió una nueva dimensión. Hasta entonces él había visto la gloria de Dios, había oído el canto de los serafines, había sentido el carbón ardiente sobre sus labios, pero ahora por primera vez escuchaba la voz de Dios. Isaías 6:8.

 

De repente, los ángeles callaron y la voz que la Escritura describe como el estruendo de muchas aguas resonó en todo el templo. Aquella voz hizo eco con las agudas preguntas: ¿A quién enviaré y quién irá por nosotros? Aquí vemos un patrón que se ha repetido en la historia:

 

Cuando Dios se aparece, la gente tiembla con terror, luego Dios perdona y sana, para después enviar. El patrón que es el quebrantamiento precede a la misión.

 

Cuando Dios preguntó, ¿a quién enviaré? Isaías entendió la fuerza de esa palabra. Ser enviado significaba funcionar como un emisario de Dios, ser vocero de la Deidad. La respuesta de Isaías fue: Heme aquí, envíame a mí. Hay una diferencia crucial entre decir, heme aquí y decir, aquí estoy. Si hubiese dicho aquí estoy, simplemente hubiera indicado su localización. Pero él le estaba indicando a Dios algo más que su ubicación, y al decirle heme aquí estaba dando un paso al frente como voluntario. Su respuesta fue simplemente Yo iré. No busques más, envíame mí. Aprendemos dos lecciones aquí, primero que:

 

Dios tomo a este hombre consiente de su pecado y después lo envió al ministerio. El tomo a un pecador y lo hizo un profeta; tomo a uno hombre cuya boca era sucia y lo hizo su vocero.

 

La segunda cosa importante que aprendemos de este evento es que la obra de gracia de Dios sobre el alma de Isaías no aniquilo su identidad personal. Isaías dijo heme aquí. Isaías podía aun hablar en términos de su propio ser. El conservó su identidad y personalidad. Vivir en santidad no significa perder nuestra esencia, aislándonos de todo y de todos en el mundo, como muchos creyentes falsamente creen, eso ya lo sabemos es ascetismo y es una distorsión del cristianismo bíblico ortodoxo.

 

Dios redime la individualidad. El sana nuestra personalidad para que pueda ser útil en la misión para la cual somos llamados. Lo personalidad de Isaías fue completamente restaurada, no aniquilada.

 

Al salir del templo, él seguía siendo Isaías ben-Amoz. Seguía siendo la misma persona, pero con su boca limpia. Es peligroso asumir que por el hecho de ser atraído hacia el estudio de la santidad, una persona es santa. Hay una ironía aquí:

 

La razón por la cual debemos de anhelar aprender de la santidad es precisamente porque no somos santos, no en el sentido absoluto de la palabra, seguimos siendo profanos, y es más el que tiempo que pasamos fuera del templo y de la presencia íntima de Dios que dentro de ellas. Sin embargo, hemos probado suficiente de la majestad de Dios para anhelar más. Conocemos lo que es ser perdonados y enviados a una misión. Mi alma clama por más. Mi alma necesita más.

Un Dios Santo 11: Contender con Dios Parte 1. Habacuc 1:2-4.

La máxima expresión de la ira y la justicia de Dios se pueden ver en la cruz del calvario, es ahí donde la justicia santa de Dios se hace ...